Me escribe CONACYT, entidad a la que solicité un apoyo de al rededor de 600 pesos en tres años:
En los proyectos financiados con $130,000, la recalendarización presupuestal debe hacerse para un año y se recibirá en una sola ministración. Este apoyo se otorga como reconocimiento a la calidad de su proyecto y con la finalidad de que su investigación no se vea interrumpida. El CONACYT está consciente de que los objetivos, metas y entregables comprometidos en su propuesta original no podrán ser cubiertos. Con base en lo anterior, en el anexo 2 de su convenio se estableció este párrafo especial: “Dado el interés por impulsar y fortalecer paulatina y sistemáticamente la investigación básica, comunico a usted, que aun cuando el resultado de la evaluación de su proyecto, realizada por el Comité de expertos con el apoyo de los Evaluadores Acreditados le impidió ubicarse dentro de los proyectos apoyados con mayor cantidad, el Comité Técnico y de Administración del Fondo, acordó asignarle recursos por $130,000.00 (ciento treinta mil pesos) que serán ministrados en una sola exhibición con la intención de que pueda iniciar de manera preliminar el desarrollo de su proyecto, en tanto lo inscribe en una nueva convocatoria del CONACYT o bien, le es posible conseguir el financiamiento por alguna otra instancia. Es importante hacer notar que los proyectos con esta prioridad se considerarán vigentes por un año”.
Y luego agrega:
Una vez concluido el periodo de apoyo, se deberá entregar un reporte sucinto en el que se expliciten las actividades de investigación que fue posible atender con los recursos otorgados.
En la maraña de cosas que no entiendo, pues no recibí un dictamen, sólo supe el resultado por una lista (como la del ingreso a la UNAM), nunca me quedó claro si los 130,000 pesos era el monto anual o total del proyecto. A la confusión ayudó una notificación anterior en que se indicaba que necesitaba reprogramar las 130,000 "para el primer año".
Ahora descubro que es para el único año y que no podré renovarlo inmediatamente (tronó el presupuesto, cambió el criterio, a alguien se le olvidó decir las cosas claramente o necesitan a alguien urgentemente que les ayude a redactar).
La buena nueva es que no tengo que hacer lo que me había propuesto, porque no me dieron el dinero suficiente. De hecho, la propuesta es, "pos arráncate, y a ver luego de donde consigues mas lana."
Me pregunto si esta es la forma más eficiente de estimular el desarrollo de la ciencia básica, ¿Cuántos de estos proyectos no pasarán de quemar los recursos sin llevarse realmente a cabo? En todo caso, estas noticias no ayudan en nada a mi ánimo errante como el peso, y más inclinado a la tristeza que a la alegría. P
Los últimos días han sido malos. Se entiende que cuando el peso está a 14 por dólar y tu estás en Estados Unidos, las noticias no son las mejores. Y si de pronto entras en crisis –por cualquier de las 100 razones legítimas para azotarte- y recibes un par de reveses, pues lo normal es que busques a toda costa una manera de compensar el mal humor y el decaimiento, que la mala cama en la que duermo no hace sino incrementar. Y yo lo hago viendo tele. De modo que hoy hablaré precisamente de eso, de lo que estoy viendo en la televisión. Me detendré no en las series que ya se transmiten en México y de la que solo hay una nueva temporada, como Criminal Minds y Lipstick Jungle, sino de las dos series de estreno que me han llamado la atención hasta ahora: el mentalista y Life in Mars. Del primero diré poco, porque es muy aburrida. Parece ser una muestra entre Buffy, CIS y Monk. La historia es simple: se trata de un policía que antes trabajaba como mentalista, y que utiliza su capacidad de observación y de psicología para descubrir al criminal. La propuesta visual, narrativa y temática, en realidad no aporta nada nuevo, y mejor es pasar de ella. Pero Life in Mars, que toma como motivo la canción de David Bowie, es una serie que promete mucho. Se estrenó apenas esta semana. En síntesis, se trata de un policía del 2008 que, por un accidente, acaba por viajar al pasado a ser el mismo en 1973. Exceptuando la pésima solución al viaje al pasado (mediante un accidente de tránsito!), el programa es una reflexión muy interesante que confronta dos esteriotipos de policía: el de los 70s, rudo, mal vestido, jodido y corrupto, y el del 2008, fashon, nice, y nerd. El resultado, que tiene que ver sobre todo con la forma en que se maneja la escenografía de los años 70s, no tanto una lección de ambientación, como una lección de conocimiento e investigación de la representación televisiva del mundo policiíaco en los 70s, lo vuelve apasionante. El programa está en la línea, aunque menos denso, que Swingtown de CBS. Un drama ubicado también en los 70s, sobre la vida de parejas casadas que tienen relaciones con otras parejas. Y si, por lo menos en parte, la televisión da una compensación, a una ruda semana.
A las 4:50 estábamos en el piso 7 del Rockefeler Center en el set de Late Night with Conan O'Brien. El set es más bien pequeño. Es un espacio rectangular en que una parte la ocupa una tribuna donde caben doscientas personas, como en un pequeño teatro, sólo que la tribuna, en relación al escenario, está elevada y continúa elevándose, para poder ver al anfitrión y los invitados, entre la maraña de cámaras y de personas. Lo primero que llama la atención, una vez que has pasado por los detectores de metal, haz subido al elevador y a has entrado al set, es que está notablemente limpio y ordenado, pero sobre todo vacío. No hay técnicos, ni camarógrafos, ni está el floor manager ni el productor. Solo la señorita amable que nos codujo desde la planta baja hasta ahí y que se coloca al final de las escaleras que bajan de la pequeña tribuna al piso del set, nos permite saber que alguien más está a cargo. El ambiente es tenso como en el teatro por la presencia de objetos inertes: las cámaras abandonadas por todo el espacio libre del set, el pequeño escritorio y los sillones que están, al frente y a la izquierda, sobre una tarima redonda, en cuyo fondo hay una panorámica desde el aire de Nueva York de noche y, en una esquina, pegado a la tribuna del lado izquierdo, sobre otra tarima, una batería que junto con los instrumentos de una banda que no ha llegado, colaboran a darle a todo una aire fantasmal. Al fondo y a la izquierda hay una cortina azul, desde la que, ya desde ahora, sabes que saldrá el grupo de rock invitado al programa. De ahí es de donde sale, de pronto, el único técnico que se ve pasar. Un hombre muy alto y gordísimo, que cruza el set, sube las escaleras de la tribuna y desaparece al fondo, solo para reaparecer, minutos después por la única puerta que tiene el set a la derecha, para volver a subir por las escaleras y desaparecer por completo. No entendemos qué pasa, pero es la única interrupción que nos saca de un letargo que se prologaba, y que realmente termina en el momento en que se encienden las televisiones que están encima de nosotros y comienzan a trasmitir segmentos de programas pasados. El volumen es alto y la reacción es inmediata, todos reímos –a veces creo, sin saber muy bien por qué- contagiados por la curiosa alegría de participar en ese programa. Ignoro si fue mucho o poco tiempo, porque para entonces había perdido todo sentido de la duración. Pero de pronto, de la puerta latera de set sale un individuo alto, acompañado de otro más pequeño haciendo chistes. No es el anfitrión del programa, pero es sin duda un cómico que pregunta de dónde viene la gente presente en el auditorio, hace chistes, se burla de nosotros, y al mismo tiempo nos instruye: nos agradecen que estemos ahí, pero ya que estamos hay que aplaudir fuerte, como si nos gustaría, y reír. Nos dicen también que podemos ver la televisión y quizás vernos, pero que evitemos saludar y gritar: mamá, estamos aquí. Su participación se interrumpe súbitamente a una señal del más pequeño. Y de la cordialidad pasa al silencio. Ahora vemos que en el set están los músicos de la banda que han ido a ocupar su esquina y comienzan a tocar. Un momento después, finalmente, sale nuestro anfitrión: Conan O’Brien. Es muy alto y muy flaco. Lo percibo desproporcionado, como a mucha gente de la televisión. Su cabeza es demasiado grande en relación con su cuerpo, y sus piernas son demasiado flacas, de modo que parece no sólo una persona, sino también su propia caricatura. En cuanto sale todo cambia: dos australianos sacan una bandera en una de las últimas filas; una chica saca de entre sus ropas un retrato a lápiz de él. Todo para llamarle la atención. El comienza por saludar de manos a todos los invitados de la zona VIP. Con uno de ellos baila y se da un abrazo. Luego invita a una persona más a abrazar al primero. Nos contagia a todos y aplaudimos a rabiar y nos reímos. El efecto es inmediato: como una energía que súbitamente se transmite. Luego se dirige a los australianos: en el show va a estar Russell Crowe, que es australiano también. Así que apura los chistes y vuelve a agradecer la presencia de todos en el programa. Luego desaparece por la cortina del fondo. El programa en realidad está a punto de comenzar. En el set ya hay un grupo grandísimo de personas. Camarógrafos, técnicos, asistentes, el floor manager, el productor. Comienza la banda en vivo a tocar. En las pantallas vemos el anuncio de entrada del programa, y luego a Conan O’Brien salir detrás de la cortina para iniciar la conducción del programa. Nada es improvisado, cada uno de los chistes, de los comentarios y de las cosas que dice, están en unos cartones que alguien sostiene sobre la cámara: no hay teleprompter pero si estos cartones que contrastan con las sofisticadas cámaras de alta definición. Me sorprende la forma en que aprovechan el espacio. Pues en la televisión no se ve lo estrecho que es todo, ni siquiera lo pequeño que en realidad es el escritorio detrás del cual se sienta el conductor. En el fondo, está por demás muy claro que el set no tiene por qué ser enorme, si solamente veremos a un señor sentado un escritorio. Como la película de la temporada es Beverly Hills Chihuahua, sin que nos demos cuenta, en lugar del baterista de la banda está ahora un pequeño perro chihuahua que no he visto salir de ninguna parte. El ir de la pantalla al set es algo que impide percibir, justamente, lo que ocurre fuera de la pantalla. Luego sobre el escritorio aparece el chihuaha que sustituye a O’Brian, este se ha pegado a una pared para quedar fuera de la toma de la cámara y desde ahí continúa con su parlamento. La presencia de los animales permite ver la diferencia entre lo que se mira en la televisión y lo que se percibe en el set. Los perros no hablan en realidad, y se ven desconfiados en lugar en que han sido colocados. En la televisión, en cambio, son las estrellas. Finalmente viene el corte a comerciales. En ningún momento vi entrar o salir a los perros, y ahora busco donde estarán. Pero se han ido. Durante los anuncios, todo se releja: todos caminan en torno a Connan, o se arremolinan alrededor de las cámaras. Después vemos al Floor Manager indicar el reinicio del programa. Se prende la señal de aplausos por primera vez y hacemos lo que nos corresponde… El programa sigue con sus segmentos y secuencias. Es entretenido estar ahí ver simultáneamente el set y el programa –que se trasmitirá ese día a las 12 de la noche. Finalmente llega el momento estelar y O’Brian presenta a Russell Crowe. Me sorprende verlo salir y confirmar que, en efecto, se parece a sí mismo. Y no deja de impresionarme la existencia de estas personas que han aceptado el arduo trabajo de ser reconocibles para todos. Y no sólo reconocibles, sino incluso familiares: a el lo he visto visto en la privacidad del cine o de la casa, incluso en la intimidad de la cama. Además, cómo se que ha hecho papelones estando borracho, que está casado, que tiene un hijo. Por otra parte me divierte oírlo hablar de su hijo, de su relación con él, de la intensidad de su cariño, expresada siempre a través del teléfono: para que requerir su presencia, pienso, cuando su imagen está por todas partes. Le sigue Alicia Keys. Es hermosísima, pero es muy rígida. Más bien parece muñeca de escuela para damas: camina con la espalda perfectamente recta, se sienta con la espalda recta también, mirando al frente, sacando el busto. Su vestido y su piel brillan más en la pantalla que en la realidad. La luz que emana la imagen la resalta y le envuelve. Sentada ahí al fondo, no se ve tan lustrosa, pero está modelada a la perfección. Se traiciona al hablar: no tiene tanto dominio de sí misma y no se ve espontánea en lo que han preparado, una tonta conversación sobre sombreros, que termina cuando ella le regala un sombreo ridículo a él. Pero canta un trozo del Mago de Oz y la potencia de su voz es impresionante. El show finaliza con una banda de rock inglesa de la que no logré retener el nombre. Luego el anfitrión se despide del publico en casa y sólo unos instantes después de nosotros en el estudio. Las luces se apagan… salimos en silencio, todavía con algunas risas, el recuerdo de algún chiste tonto. Nos esperan las calles de Manhatan. Es ya de noche, pero Nueva York sigue siendo el que era, cuando hemos entrado.